MÁXIMAS DE SAN ARNOLDO JANSSEN APOSTOL DE LA ORACIÓN

“Camina silenciosamente con Dios.

Trabaja alegremente para Dios.

Ve las cosas desde la perspectiva de Dios

Convérsalo todo con Dios

Arde con el celo por la gloria de Dios.

Encuentra tu gozo en Dios.

Descansa profundamente en el corazón de Dios.”

San Arnoldo Janssen, beatificado en 1975 y canonizado por Juan Pablo II el 5 de octubre de 2003. “El hizo las cosas ordinarias de forma extraordinaria”. Así el profesor de bachillerato, carismático, pero carente de cualidades especiales, se convirtió en el fundador de la familia religiosa de Steyl, a la que hoy pertenecen numerosas mujeres y hombres de todos los continentes y culturas.

Arnoldo Janssen nació el 5 de noviembre de 1837 en Goch, una pequeña ciudad alemana, siendo el segundo de diez hijos. Sus padres fueron profundamente cristianos e incansables trabajadores. Arnoldo desarrolló las mismas características. Fue ordenado sacerdote en la Diócesis de Münster el 15 de agosto de 1861 y fue enviado a la ciudad de Bocholt como docente en una escuela media.

Por su profunda devoción al Sagrado Corazón de Jesús fue nombrado director diocesano del Apostolado de la Oración. Desde este apostolado, Arnoldo buscó abrirse también a cristianos de otras denominaciones.

En 1873 renunció a su cargo docente y fundó «El pequeño mensajero del Corazón de Jesús». En esta revista mensual ofrecía noticias misionales y animaba a los católicos de lengua alemana a hacer más por las misiones.

Con el apoyo de varios bienechores, Arnoldo inauguró una casa misional en Steyl (Holanda) y dio comienzo a la Congregación de los Misioneros del Verbo Divino. Ya el 2 de marzo de 1879 partieron los dos primeros misioneros hacia China. Uno de ellos era José Freinademetz.

La conciencia de la importancia de las mujeres en las misiones, llevaron a Arnoldo a fundar la congregación de las «Siervas del Espíritu Santo» el 8 de diciembre de 1889. Las primeras Hermanas partieron hacia Argentina en 1895.

En 1896, el P. Arnoldo eligió a algunas de las Hermanas para formar una rama de clausura, las «Siervas del Espíritu Santo de Adoración Perpetua». Su servicio a la misión sería la de rezar día y noche por la Iglesia y especialmente por las otras dos congregaciones misioneras, manteniendo un servicio ininterrumpido de adoración al Santísimo Sacramento.

Arnoldo murió el 15 de enero de 1909. Su vida fue una permanente búsqueda de la voluntad de Dios, de confianza en la providencia divina y de duro trabajo.

Giuseppe (José) Freinademetz nació el 15 de abril de 1852 en Oies, un pequeño paraje de cinco casas entre los Alpes Dolomitas del norte de Italia. Bautizado el mismo día de su nacimiento, heredó de su familia una fe sencilla pero tenaz.

Ordenado sacerdote el 25 de julio de 1875, fue destinado a la comunidad de San Martino di Badia, muy cerca de su casa natal, donde pronto se ganó el corazón de sus paisanos. Sin embargo, la inquietud misional no lo había abandonado.

Dos años después de su ordenación se puso en contacto con el P. Arnoldo Janssen, fundador de la casa misional que pronto se convertiría oficialmente en la «Congregación del Verbo Divino». Con el permiso de su obispo, José llegó a la casa misional de Steyl en agosto de 1878. El Obispo aseguro que al entregar José Freinademetz a la sociedad del Padre Arnoldo, estaba entregando “Una Perla de su Diócesis”. El 2 de marzo de 1879 recibió la cruz misional y partió hacia China junto a otro misionero Verbita, el P. Juan Bautista Anzer.

Cinco semanas después desembarcaron en Hong Kong, donde pasarán dos años preparándose para la misión que les fue asignada en Shantung del Sur, una provincia con 12 millones de habitantes y sólo 158 bautizados.

Fueron años duros, marcados por viajes largos y difíciles, asaltos de bandoleros y arduo trabajo para formar las primeras comunidades cristianas. Tan pronto como lograba poner en pié una comunidad, llegaba del obispo la orden de dejarlo todo y recomenzar en otro lugar.

José comprendió pronto la importancia que tenían los laicos comprometidos para la primera evangelización, sobre todo como catequistas. A su formación dedicó muchos esfuerzos y preparó para ellos un manual catequístico en chino. Al mismo tiempo, se empeñó en la preparación, atención espiritual y formación permanente de sacerdotes chinos y de los otros misioneros.

Toda su vida estuvo marcada por el esfuerzo de hacerse chino entre los chinos, al punto de escribir a sus familiares: «Yo amo la China y a los chinos; en medio ellos quiero morir, y entre ellos ser sepultado». Entusiasmó a muchos chinos para que fueran misioneros de sus paisanos como catequistas, religiosos, religiosas y sacerdotes.

Murió al desatarse una epidemia de tifus, lo sepultaron bajo la duodécima estación del Via Crucis y su tumba se volvió pronto un punto de referencia y peregrinación para los cristianos.

Su vida entera fue expresión del que fue su lema: «El idioma que todos entienden es el amor».


"A Dios el honor, para mi prójimo el beneficio, para mí la carga".

"Si en algún momento futuro sientes que las cosas se ponen difíciles, confórtate con el pensamiento de que, hay una Hermana delante del tabernáculo que, como Moisés en el Antiguo Testamento, alza por ti su corazón y sus brazos hacia el cielo"

La madre María, Helena, nos lego un doble carisma: misión y contemplación; tuvo que atravesar un largo proceso de maduración y purificación hasta llegar a lo que hoy valoramos en ella: ser en amorosa entrega y adoración cofundadora de la congregación misionera y ejemplo de vida contemplativa.

Helena Stollenwerk nació en Rollesbroich, Alemania, el 28 de noviembre de 1852. cuando estudiaba en una pequeña escuela primaria comenzó a leer con entusiasmo los boletines de la Asociación de la Santa Infancia en su tiempo libre. Estas publicaciones despertaron en ella la decisión de ayudar a los niños de China. A los veinte años trató de seguir su vocación, pero no encontró en Alemania ningún convento que enviara hermanas misioneras a China. Por muchos años buscó en vano la dirección de un convento con esas características.

Durante una visita a Steyl supo que Arnoldo Janssen veía la necesidad de fundar una congregación de Hermanas Misioneras, aunque no se sentía capaz de prometer que lo haría en el futuro cercano. Arnoldo le ofreció trabajo en la cocina de la Casa Misional. Treinta años contaba María Helena cuando aceptó el ofrecimiento, esperando lograr de esta manera su cometido.

Dos años más tarde, en 1884, se le unió Hendrina Stenmanns, de Issum en la Baja Renania alemana. Durante los primeros años, las dos mujeres trabajaron en la cocina y lavandería, y vivían en una casa pequeña, sumamente sencilla. Más tarde, las dos mujeres se mudaron a un convento cercano que había quedado desocupado.

El 8 de diciembre de 1889 Helena, ahora Madre María y superiora general, fundó con Arnoldo Janssen las Hermanas Misioneras. La creciente comunidad envió a las primeras Hermanas a la Argentina en 1895, y pronto otro grupo fue enviado a Togo. En apenas siete años la congregación contaba 100 hermanas.

Arnoldo Janssen consideraba a la oración como un apoyo esencial para la obra misionera. Ya hacía tiempo que ponderaba la necesidad de una tercera rama, contemplativa, de su fundación. Así, el 8 de diciembre de 1896 entregó a las primeras Hermanas Adoratrices su hábito rosado. En 1898 la Madre Maria pasó a la nueva congregación, como novicia, con el nombre de Hermana MaríaVirgo. Habría preferido permanecer con las Hermanas Misioneras, pero respondió con generosidad cuando Arnoldo Janssen le pidió dar este paso. El sueño de Helena, de ir al gran país de la China, nunca se cumplió.

En 1900 se enfermó de Meningitis Tuberculosa. En su lecho de muerte fue admitida a los votos como Sierva del Espíritu Santo de la Adoración Perpetua realizando su profesión perpetua, falleciendo el 3 de febrero del mismo año a los 47 años de edad.

El 7 de mayo de 1995 fue beatificada en Roma por el Papa Juan Pablo II.


“Nuestra misión es abrir cada corazón al amor”

 

Hendrina Stenmanns, cuyo deseo es ser misionera, escribe a Arnoldo Janssen, “no deseo nada más que, con la gracia de Dios,  ser la última y  ofrecerme a mí misma como sacrificio por la obra de la difusión de la fe.”

Ella se convierte en una de las ultimas, dándose ella misma, su propio ser y su vida misma, sentando así una base sólida para el comienzo de la Congregación  Misionera de las Siervas del Espíritu Santo.

Nació el 28 de mayo de 1852 en Issum, en la Baja Renania (Alemania). Era la mayor de siete hermanos. Ya desde su infancia mostró gran preocupación por los pobres y por los que sufren, a quienes visitaba con su madre. También cuidaba con responsabilidad a sus hermanos menores. Cuando dejó la escuela, contribuyó a los ingresos familiares con su trabajo como tejedora de seda. Ya en su juventud comenzaron a manifestarse las cualidades que la caracterizarían: su naturaleza maternal y jovial, la amabilidad y la compasión.

A los 19 años entró a formar parte de la Tercera Orden de San Francisco. Algunos años más tarde, a través de un aprendiz de su padre, Hendrina encontró el camino que la llevaría a Steyl y a pedirle al fundador de la Sociedad del Verbo Divino, Arnoldo Janssen, que la aceptara en la Casa Misional como Ayudante de cocina

 El 8 de diciembre de 1889, ella y un pequeño grupo de compañeras comenzaron su postulantado. Era la piedra fundamental de la nueva congregación, las Siervas del Espíritu Santo. Luego siguió el noviciado y los primeros votos, emitidos en marzo de 1894, con los que Hendrina recibió el nombre de Josefa.

A la hermana Josefa se la conocía sobre todo por su amor a la oración. En medio de sus múltiples tareas, progresaba cada vez más en el silencio interior y la verdadera contemplación. El rosario y ciertas jaculatorias, como la invocación «¡Ven, Espíritu Santo!», la llevaban a la presencia interior de Dios en su corazón.

Cuando la hermana María Elena pasó a la rama de clausura, Siervas del Espíritu Santo de Adoración Perpetua, la hermana Josefa asumió la dirección de la comunidad de las hermanas misioneras. A pesar del peso de las tareas y las exigencias de una comunidad grande y joven, no se perdió en el activismo. En lo profundo de su corazón permanecía en unión con Dios y supo mantener la paz interior.

Los últimos meses de la vida de la hermana Josefa estuvieron marcados por una grave y dolorosa enfermedad. Ya en su lecho de muerte, en medio de un ataque de asma, entregó su testamento espiritual a las hermanas: cada respiro de una Sierva del Espíritu Santo debía decir «¡Ven, Espíritu Santo!».

Murió en Stevl el 20 de mayo de 1903. La Madre Josefa fue beatificada en el 2008 por el Papa Benedicto XVI. 


Nosotros

Nuestra misión común: hacer que el amor salvífico de Dios Uno y Trino sea conocido por todas las personas.

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